Artículos de opinión, críticas literarias y prólogos

La vocación de articulista Crítica literaria Los prólogos

La vocación de articulista

Hay gente que asegura que escribe para sí mismo. No me pregunten qué se siente, lo ignoro. Siempre he escrito pensando en comunicarme con los lectores. Dicen quienes me conocen que no me callo ni debajo del agua, y debe de ser cierto, porque, aparte de inventar historias, cada vez que me ponía delante del ordenador me entraban unas ansias desatadas de gritar a los cuatro vientos mis opiniones. A decir verdad, de no haberme dedicado a la enseñanza, me hubiera gustado ser periodista. Tal vez lo descubrí demasiado tarde y tal vez no. Ya veremos.


La Tribuna de Toledo me brindó la oportunidad de soltarles la charla a los lectores desde una sección fija: Detrás de la puerta. Desde el 5 de enero de 2000 al 7 de febrero de 2001 escribí una columna sobre educación y sociedad, que, cada miércoles ocupó una página entera del periódico. En la de al lado escribían periodistas de la calidad de Pilar Cernuda. En principio comencé firmando Arquímedes, pero cuando comprendí que mi número de lectores nunca sería el suficiente como para ganarme represalias, decidí emplear mi propio nombre. Se trataba sobre todo de denunciar una ley perniciosa y demagógica, la LOGSE, y de demostrar que los jóvenes de nuestro tiempo siguen siendo homo sapiens: es decir, que sus virtudes y sus defectos no obedecen a ninguna perversión genética, sino a la educación que les ofrecemos.

A partir del 2 de julio de 2000, y hasta el 7 de febrero de 2001, me encargué también de la crítica literaria del periódico, los domingos. Escribí sobre escritores consagrados y sobre otros que merecen ocupar más páginas en las revistas especializadas. Ya veremos si el tiempo me da la razón. Para empezar, cuando destaqué las virtudes literarias de Pérez-Reverte todavía estaba de moda darle caña al mono. Por aquellas páginas desfilaron Miguel Ángel Carcelén, Lorenzo Silva, Lucía Etxebarria, Elvira Lindo, Arturo Pérez-Reverte, Luis Landero, Antonio Muñoz Molina, Manuel Vicente, Noah Gordon, Ray Loriga, Soledad Puértolas, Joaquín Leguina, Tom Wolfe, J. K. Rowling, Mario Vargas Llosa, José Ángel Mañas, Espido Freire, Teo Serna y Felipe Trigo. Con los más conocidos traté de ser ecuánime, con los aspirantes quise ser generoso.

Como muestra ahí van unos cuantos botones.


El saber no ocupa lugar, pero pesa un huevo (16 de febrero)

"El saber no ocupa lugar, pero pesa un huevo". No es mi intención alardear de progresismo facilón ni ofender a las almas sensibles de Babilonia con un lenguaje desenfadado y grosero. Me limito, simple y llanamente, a transcribir literalmente las palabras de un alumno de catorce años que suda como un pollo mientras sube las escaleras del Colegio, arrastrando extenuado una onerosa mochila que debe de pesar como una cruz, caminito del calvario de la segunda planta. El alumno ha notado mi presencia; no le importa; me mira y me saluda cordialmente; ya ha pasado el tiempo en el que los estudiantes se ruborizaban cuando el profesor les oía decir una palabra malsonante; a unos les parecerá una maravillosa conquista de la modernidad, a otros el mayor de los atrasos; juzgue cada cual. El caso es que el poco saber que arrastran sí que ocupa lugar y, sobre todo, pesa lo suyo. Tal vez el vocabulario del chaval no sea muy cervantino, pero razón no le falta.

Los libros que llevan los niños, paradójicamente, no lo son. Sí, eso he dicho: he dicho que no son libros, no me mire así, que no me he vuelto loco. Lo que levantan sus retoños con desmesurado esfuerzo, como si se dedicaran a la halterofilia, son cómics. Coja el de su hijo; da igual la materia y el curso: si encuentra usted cinco centímetros cuadrados sin un dibujito o un cromo le invito a unas cañas. Están muy bien los colorines. Llaman la atención del estudiante y se lo ponen más fácil. Hasta cierta edad y en cierta medida, yo diría que son imprescindibles. Pero exigen a cambio una dolorosa contrapartida. Para que quepan cuatro letras entre tantas imágenes los niños tienen que cargarse a la espalda bosques enteros. Si cree que exagero haga la prueba: coja un libro de 6º de Educación Primaria, pongamos el de Lengua, abra por la página que mejor le parezca e intente resumir. Imposible: lo que se encuentra allí es el sucinto resumen del resumen de un resumen. Nada de nada. Lo peor llega cuando tienen que dar el salto y comenzar a leer uno de esos abominables, traicioneros y antipedagógicos libros que rebosan de letras y palabras por todas partes. No están acostumbrados. Se sienten desmotivados y tristes. Se aburren y lo dejan. Las editoriales no tienen la menor culpa: se limitan a imprimir lo que demanda el sistema educativo.

Por otra parte, en mis tiempo teníamos, todo lo más, seis o siete asignaturas. Además, no recuerdo haber comprado nunca un libro para Educación Física. Hoy un alumno de 2º de ESO (antiguo 8º de EGB) estudia (en algunos casos, es un decir) Lengua Castellana y Literatura; Lengua Extranjera; Matemáticas; Ciencias Sociales, Geografía e Historia; Educación Física; Ciencias de la Naturaleza, Educación Plástica y Visual; Tecnología; Música; Religión o alguna actividad alternativa; una Optativa (Segunda Lengua Extranjera, Procesos de Comunicación...); Tutoría. Además, en mi Colegio, y no es el único, dan también Informática. Todas las materias suelen tener libro de texto y algunas, además, cuadernos de ejercicios y material didáctico de apoyo (carpetas, fichas, libros de lectura...). Los padres venga a rascarse el bolsillo para comprar los cromos (no coleccionables) del presente. Y lo que van a gastarse en médicos: el alumno, para poder repasar y hacer los deberes, tiene que llevar y traer tan pesado saber de su casa al colegio y del colegio a su casa, como aquel gigante mitológico condenado a subir una piedra que volvía a caer apenas coronaba la montaña. Allí los veo, a los pobres, cansados penitentes, con esas mochilas voluminosas, que no se las salta un atleta ni con pértiga, firmes promesas de futuras escoliosis, aderezadas con estuches, carpetas, reglas, cientos de cuadernos, calculadoras, bolígrafos, rotuladores, pinturas...

"¿Son precisas tantas asignaturas?", se preguntará alguien. Pues mire usted, aprendiz de mucho, maestro de nada. Como los chavales tienen que estudiar tantas disciplinas, al final no encuentran el tiempo ni las ganas para aprender dónde demonios se encuentra el Duero, si iba se escribe con b o con v, o cuántas son la friolera de -5+18. Esas horas que se han dedicado a asignaturas antes inexistentes las han tenido que sacar de algún lado, porque no se ha aumentado la jornada lectiva. Yo daba a esa edad cinco horas semanales de Matemáticas. Ellos, en 1º de ESO, tres periodos de 50 minutos, esto es, justamente la mitad, y en peores condiciones. La decadencia de la enseñanza comenzó con la desordenada irrupción de las especialidades desde Primaria. Mañana me lloverán los pleitos por plagio, porque esta idea la repiten a diario la mayor parte de los docentes de Babilonia, y todos querrán reclamarla como suya. Los resultados son obvios: evidentemente, la culpa de todo suspenso es del profesor, que me ha cogido manía, y la responsabilidad del ridículo bagaje cultural que acumula el alumno al terminar la educación obligatoria corresponde a los maestros, que no hacen más que rascarse la barriga y pensar en sus interminables vacaciones.

Los dos indicios que muestran el verdadero grado de desarrollo de un país son la educación y la sanidad. Nuestra educación hace agua y nuestra sanidad, dentro de unos años, no será capaz de hacer frente a tantas espaldas estropeadas, que no podrán seguir arrastrando tantos cráneos vacíos. En las películas, cuando hay un asesinato, lo primero que se pregunta el detective es quién ha salido ganando con el crimen.


Pedagogía parda (23 de febrero)

Hay ciertas ramas del saber humano en las que todos somos licenciados, doctores, profetas o, cuando menos, marisabidillos: el mus, el fútbol, la pedagogía, la psicología... La psicología, por cierto, no se sabe, se posee: uno tiene mucha psicología. Se desconoce aún en cuál de las unidades del sistema métrico decimal podrá cuantificarse tal posesión, si en kilos por metro cuadrado o en decilitros pedagógicos, pero el caso es que la gente tiene psicología, del mismo modo que una batidora o un reloj de pared. Agotados como estábamos de parir tantos lumbreras de la ciencia del alma, hemos comenzado ahora a formar Aristóteles de la pedagogía, sabihondos en zapatillas capaces de dilucidar sin asomo de duda ni estudio, desde lo profundo de su descuidado sentido común, lo que es pedagógico y lo que no, a la par que teorizan, sin aparente esfuerzo, sobre la alineación titular del Betis. Tal capacidad de discernimiento no proviene de la reflexión ni del sesudo trabajo, sino de la mucha gramática parda que tales sujetos acumulan.

Vamos con un ejemplo: aprender de memoria, no es pedagógico. Toma castaña y tócate los pies. Uno se sabe de memoria su DNI, el montante de su cuenta corriente, la fecha en que le llega el recibo de la luz, su teléfono, su domicilio, la edad de sus hijos y tantos datos que no cabrían en un ordenador de nueva generación y, sin los cuales, se encontraría desoladamente perdido en un mundo ajeno y hostil. Pero resulta que esa capacidad humana es maléfica y hay que desterrarla del sistema educativo para que no atormente a nuestros tiernos querubines con su obstinada amenaza.

Ignoro qué monstruoso daño o cruel afrenta le deberán los ignorantes a la memoria para que la maltraten y zahieran con tanta saña por antipedagógica, pero que me perdonen si hay otro medio de aprenderse la tabla del ocho, los verbos en inglés, los periodos del paleozoico, el nombre de los músculos y huesos, la fórmula para hallar el área del círculo, los ríos más importantes de la vertiente mediterránea o cualquiera de los otros muchos horrores que pretendemos inocular sin misericordia en las inermes almas infantiles.

Viene un padre a recriminarme educadamente que pretenda que su hijo se aprenda tal cosa de memoria, porque es (¿cómo no?)... ¡¡¡antipedagógico!!! Él lo que desea es que se le enseñen Técnicas de Estudio, verdadero prodigio de nuestro tiempo. Uno pronuncia las tres divinas palabras y, por arte de magia, se iluminan las luces del entendimiento humano. Las técnicas de estudio sí que son pedagógicas hasta los tuétanos. Todo el mundo habla de ellas con reverencial respeto, sin saber a ciencia cierta en qué consisten. Suponen muchos que se trata de unos trucos que evitan el fastidio del estudio técnicamente. Imposible sacarles de su error. Me entran unas casi irreprimibles ganas de decirle al padre que, ya que yo tengo el buen gusto de no decirle cómo debe sacar adelante a su familia, me corresponda no enseñándome cómo tengo que realizar mi trabajo, pero, finalmente, me armo de paciencia y le explico que, entre las técnicas de estudio, existen una serie de recursos mnemotécnicos que sirven para ayudar a la memoria a recordar: entonces se le pone cara de pasmo. Le hablo de aprender de memoria canciones, de inventar mentalmente historias que asocien palabras e imágenes: su mirada es ya de cierto desconcertado respeto, como si la magia destilara por mis manos y palabras. Pero su mente está al borde del cortocircuito. No es para menos. “A ver, ¿cómo puede ser que el maestrillo este me diga que usa las técnicas de estudio, tan pedagógicas ellas, para aprender de memoria, que es lo más antipedagógico que se ha inventado desde tiempo de Carolo? Aquí hay gato encerrado. Mañana mismo le pregunto a mi compañero de la fábrica, que tenía un sobrino que estudió magisterio, y de esto sabe lo suyo, porque no hay quien lo entienda. El caso es que el tío este le está echando labia y al final mi pobre Giovanna se va a tener que aprender de memoria la tabla de multiplicar. Si es que no hay derecho”.

El Colegio se transforma así, por pomposo artificio, en Fantasilandia, el país de los peterpanes que nunca podrán ser adultos, donde no existe el trabajo, ni el esfuerzo, ni la frustración, ni el placer que se deriva de la tarea bien hecho que tanto nos costó terminar. Qué hermoso sería poder congelar a los niños en ese territorio fabuloso donde les dan de comer y les suenan los mocos, para que sólo conocieran esa realidad, tan pedagógica, que no exige ninguna contrapartida, que nos lo da todo masticadito y tierno. El problema llega cuando los soltamos a un mundo que no tiene nada que ver con los dibujos animados, para que se las apañen solos.

Ésa ya es otra historia.


STUDIUM (1 de marzo)

“Aprenda usted inglés, marketing e informática en quince días sin dar el callo. Dé lecciones a Sir Winston Churchill y Bill Gates dedicándole cinco minutos al día y pasándoselo de vicio. Con profesores nativos que sudarán la gota gorda para que a usted se le pegue el genuino acento londinense por arte de birlibirloque, sin dar ni chapa. No estudie vocabulario ni gramática (¡qué aburrido!). Confíe en nuestro método infalible. No tendrá que mover ni las pestañas, trabajará menos que El Buscón de Quevedo. También nos adaptamos a su horario: aprenda informática en las horas de sueño con sencillos compact-disc. Hágame caso, sea un auténtico triunfador. Yo hice ese curso y ahora soy Ministro. Llame cuanto antes. No deje pasar su oportunidad”. Tonterías. Mercachifles de la enseñanza que nos desprestigian a todos con su lucrativo imperio de falsas ilusiones. Prometen el maná al hambriento y trabajo al parado. Como prometer es gratis, garantizan todo tipo de ventajas. Y lo que es mejor: no exigen el menor esfuerzo. El incauto hace sus cuentas de la lechera y ya se ve erigido en poderoso mandamás de alguna multinacional sin haber dado palo al agua. Por favor: no somos tontos.

El diccionario Latino Español de Agustín Blánquez Fraile (Sopena) define studium como “Aplicación celosa, activa, diligente”, y el verbo studeo como “Trabajar con empeño”. A pesar de los esfuerzos de laboriosos alquimistas, aún no se ha descubierto la fórmula mágica que permite aprender sin estudiar y consigue que broten eminencias de debajo de las piedras. Hasta que la encuentren, sólo existe un camino hacia la sabiduría: la aplicación celosa, activa y diligente; dicho en sermo vulgaris, el esfuerzo. Pero, mire usted por donde que, según el mismo diccionario, la sobada palabreja significa también “Afición, gusto y pasión”. Es verdad, pero para llegar al disfrute que produce el estudio es preciso trabajar. Y trabajar, duele.

Hay gente que disfruta corriendo un maratón. Para otros (entre los que me cuento) ni el más avieso verdugo podría haber ideado una tortura peor. ¿Eso significa que los maratonianos no sufren corriendo? ¡Qué estupidez! Sienten tanto como yo, sudan tanto como yo, sufren tanto como yo. Pero a ellos ese esfuerzo les produce un deleite que a mí me cuesta comprender. Lo mismo nos sucede a los que disfrutamos estudiando: tal actividad supone un cierto grado de sufrimiento intelectual porque, igual que el cuerpo del atleta protesta cuando se le exige lo máximo, así la mente se resiste a doblegarse, a entregarse de lleno al vehemente deseo de aprender.

Pues bien, se ha extendido en la escuela, desde hace unos lustros, la peregrina especie de que los adolescentes (no entraré en el espinoso tema de los niños) acuden cada día al Instituto a entretenerse y divertirse. Podrían quedarse en casa, digo yo, si tal es el fin. Sí, se me responderá, pero es que al final la televisión aburre, y acaban molestando. Aceptada la premisa, si no les parece desternillante la conjugación de los verbos irregulares, si no se parten de risa haciendo derivadas, si no alcanzan el éxtasis hilarante aprendiendo los accidentes geográficos de Babilonia, la culpa es del incompetente profesor, que no los motiva. Mire usted aunque me pongan a Martín Fiz de profesor de atletismo, no conseguirá que me guste correr maratones. Entonces, será culpa de Fiz. Razonamiento idiota. No se puede motivar a personas que carecen de ciertas aptitudes y actitudes. Los próceres de la patria que parieron la LOGSE lo comprenden y sentencian: para que nadie se pierda en la carrera que conduce a la sabiduría, y como todos tiene que estar juntos hasta los dieciséis abriles por mor de la democrática ley, márquese el ritmo de los más lentos, y que se arruinen las cualidades de los verdaderos atletas. Que pierdan el tiempo y la ilusión hasta llegar a la Universidad, y que luego los expriman como limones para sacarles el jugo que quizás ya nunca podrán dar.

Los alumnos, que ya se saben la cantinela, no pierden nunca la ocasión de contarte que la clase de tal o cual cosa es aburrida, y que es obligación del profesor convertirla en risueña bufonada. Entono el mea culpa y suplico perdón: aprendí en la Universidad tanta Literatura como pude y me dejaron, pero confieso que, a hacer el ganso, a contar chistes descojonantes sobre las subordinadas de relativo, a conseguir que Yeseros 2 y Carne 1 disfruten leyendo El señor de las moscas, a realizar acrobacias y representar cuchufletas, a eso no me enseñaron. Así que, a los que les interesa tanto aprender como a mí correr el maratón, la verdad, los entretengo más bien poco. Prometo, en penitencia, que el próximo curso de formación que siga no tratará de sesudos problemas académicos, sino de cómo hacer, con aprovechamiento del auditorio, de payaso de las bofetadas. Tuve en Bachillerato unos profesores excelentes y no consiguieron entre todos hacerme ver la vena carcajeante que esconde la tarea de aprenderse de memoria las cinco declinaciones. El placer vino después, cuando pude traducir textos que mostraban lo maravilloso que es el conocimiento humano.

Hemos desterrado de la escuela el esfuerzo. Si no escarmentamos a tiempo, formaremos una generación de vagos convencidos de que el mundo les debe la luna y, si no se la concede gratis, les está estafando.



Nacho Fernández me ofreció la posibilidad de colaborar en su magnífica página de literatura a través de la red LITERATURAS.COM. Allí se publicaron artículos de crítica como los que a continuación reproduzco.


El libro de suicidios de la abuelita
Sunny Singh
Ediciones El cobre.


Un toque exótico para la difunta Generación X.

En los años 90 una prometedora generación de escritores nacidos en los 60 desembarcó en el mundo de la literatura española. Los editores decidieron apostar por su juventud pero, como en los cuentos infantiles donde la bruja mala engaña a la sirenita ingenua, les impuso una condición terrible: el que tuviera treinta años o menos y quisiera publicar en este país sólo podría escribir historias del Kronen, sucedáneos y derivados. Nada de veleidades literarias, aquí se cocinaban las hamburguesas que encargaba el chef, ellos formaban la Generación X que había inaugurado la novela de Douglas Coupland, y no había más que decir, así que tenían que presentar a jóvenes sin valores, ajenos totalmente a una infancia marginal en plan Baroja, que coqueteaban con el mundo de las drogas, el sexo, la violencia, la velocidad, jóvenes que encontraban tan absurdos los valores de sus mayores como los supuestamente nuevos que les ofrecía su sociedad. De aquella generación que ganó Nadales y arrasó en ventas, queda Lucía Etxebarria, no sé si como escritora o como símbolo ya saben de qué. Y punto.

Quien decida acercarse a El libro de suicidios de la abuelita debe comenzar por la magnífica cuarta de cubierta. No siempre las contraportadas hacen justicia al libro. Ésta es un prodigio de eficiencia: de hecho, si alguien lee las críticas que esta novela ha despertado, las encontrará todas sospechosamente contagiadas del efecto carátula. Allí se nos cuenta que Sammi, protagonista del libro, decide escapar a Méjico huyendo de tres poderosos enemigos: el terrible peso de la cultura de su país natal, la India; el mundo tradicional de su abuela, "marcado por el misticismo y un poderoso saber arcaico"; las leyendas que ésta le ha transmitido "sobre las mujeres míticas del folklore hindú, siempre abocadas a un destino trágico, que parecen querer apoderarse de la vida de Sammie". De modo que eso es lo que tenemos. La autora ha querido presentarnos el conflicto entre unos valores tradicionales que ya se han quedado obsoletos, y unos nuevos que le ofrecen hedonismo, sexo, drogas, violencia, pero que no alcanzan a vencer su desconcierto. ¿Les suena? Sí, eso es. Otra integrante del Planeta champú. Esto es, ya me lo sé. Ahora vamos a ver si, debajo del folclore hindú trae algo nuevo en el costal.

En el ABC del 16 de julio José María Pozuelo Yvancos escribió una notable crítica sobre El libro de suicidios de la abuelita en la que señalaba que "La descripción de una cultura ancestral como la hindú puede ser objeto de una embelesada postal a modo de arcaico homenaje, hecho boda folclórica en un film, o bien puede ser objeto, como lo es esta novela, de una conflagración, de una lucha en el seno mismo de la identidad, incluso una pregunta por esa misma identidad". Creo que el comentario no puede ser más acertado, eso es lo que narra la novela: la búsqueda por parte de la autora de su propia esencia, consciente de que su cultura de origen representa para ella a la vez su punto referencia y un pesado lastre. Pozuelo se refiere a la novela mapa para referirse a su estructura, que se balancea entre los cuentos folclóricos tradicionales, las andanzas de la abuela de la protagonista (esta es la parte con mucho más original y atractiva) y los avatares que sufre Sammi en Méjico. A mí me recuerda más bien la estructura medieval acumulativa. Quítenle ustedes algún capítulo, y sigan leyendo tranquilos, que no echaran nada en falta. A mis alumnos les explico que El Lazarillo, con su disposición en espiral, representa un avance fundamental frente a los cuentos que se superponen como si fueran una ristra de morcillas y no aciertan a coordinarse entre sí. Y éste es el problema de la novela. Sunny Singh domina bien la prosa, a veces sabe pintarnos un mundo mágico que nos seduce, y, sobre todo, tiene el acierto de abordar con inteligencia el tema de la identidad de la mujer. Pero eso a costa de una narración aburrida y deslabazada, en la que los materiales se agolpan unos sobre otros sin ofrecer un conjunto convincente, sin transmitir un mensaje que nos haga reflexionar o gozar o sufrir, sin relatarnos una historia que nos obligue a seguir leyendo la siguiente página. El libro de suicidios de la abuelita supone un viaje a ninguna parte que no consigue que el lector se identifique ni con su protagonista, ni con las arpías que la persiguen.

De los escritores de origen hindú hemos aprendido hermosas lecciones. Salman Rushdie nos ofrece la inteligencia narrativa y Arundhati Roy el acento lírico: Sunny Singh mezcla un folclorismo que no alcanza a trascender de lo regional para conmovernos con unos rasgos de Generación X que ya nos suenan a sabidos. En Tenemos que vernos de María Tena, un editor agresivo quiere tener en nómina a un escritor anglo-hindú a toda costa para estar a la última. Mejor aún si es escritora. Viste mucho. El Cobre ya tiene la suya.


El hombre que mató a Durruti
Pedro de Paz
Editorial Germanía.


¿Quién mató a Durruti?

T. S. Elliot, devoto de la obra de Wilkie Collins, extrajo de la lectura de “Moonstone” la convicción de que todo buen relato policial debe articularse a partir de la verosimilitud y, empleando métodos sencillos y renunciando a las soluciones tramposas o rebuscadas, fijar en nuestra memoria la figura de un investigador fácilmente reconocible. Pedro de Paz consigue en “El hombre que mató a Durruti” elaborar una novela policiaca de corte tradicional que recoge las teorías más importantes acerca de la muerte de Buenaventura Durruti y, sin descuidar la agilidad de la trama, termina ofreciendo al lector acerca de tan azaroso suceso una hipótesis que resulta válida tanto para la Historia como para la coherencia de la novela. El autor no aburre con los datos, se documenta bien, consigue un ritmo fluido y, como Joaquín Leguina en “Tu nombre envenena mis sueños” , logra que tras la anécdota policial aparezca una reflexión moral acerca de los conflictos que surgen entre la obstinación de los hechos y las necesidades de quienes nos mandan. No sé si se le puede pedir más.

Fernández Durán, antiguo miembro del cuerpo de vigilancia de la Policía Gubernativa y comandante del ejército republicano durante nuestra guerra civil, recibe de sus superiores el enojoso encargo de investigar las intrincadas circunstancias que rodearon la muerte de Durruti en el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid en noviembre de 1936. La versión oficial sostiene que una bala fascista alcanzó al líder anarcosindicalista. Fernández Durán comienza a interrogar a los testigos y va recogiendo versiones contradictorias, incompletas o sorprendentes, que conforman una verdad escurridiza, lábil y difusa.

El protagonista se nos presenta como un nuevo Sherlock Holmes (el libro supone un voluntario homenaje a la obra de Conan Doyle) que, acompañado de su fiel ayudante, Alcázar-Watson, se lanza a la conquista de la verdad, empleando la paciencia, el interrogatorio minucioso, la observación y la reflexión. La obra de Conan Doyle constituye el mejor paradigma de esa novela policiaca concebida como una partida de ajedrez, como un enigma que una mente privilegiada debe resolver. En ella se dibuja un mundo ordenado y perfecto, cuya estabilidad se tambalea cuando el criminal asesta un golpe. Entonces el investigador emplea su mejor arma, la inteligencia, no la acción ni los puños, para resolver el acertijo y señalar al culpable. Cuando lo consigue el mundo se libra de la amenaza del caos y la sociedad recupera su armoniosa rutina. Pero Fernández Durán, que, en nuestra opinión no alcanza a convertirse en ese detective inolvidable e inconfundible que reclamaba Elliot, se tiene que enfrentar a una muerte incomprensible en una sociedad dislocada por la violencia, los intereses propagandísticos, la corrupción, el absurdo y la guerra. Entonces Holmes se retira discretamente para hacerle sitio a Marlowe o a Bevilacqua, y el comandante se ve obligado a navegar entre aguas revueltas, mientras acaricia una verdad que sabe que no dejará a nadie satisfecho, ni siquiera a quienes le han ordenado investigar. Así, frente a Conan Doyle, aparece el espíritu de Raymond Chandler o de Lorenzo Silva: ante un mundo cruel y salvaje, el investigador consigue hurtar la espalda a la tentación del cinismo, en el que tan fácil sería caer, y se ampara en un sano y decepcionado escepticismo para sobrevivir. A cambio consigue mantener intacta su dignidad y su coherencia, mientras sufre la persecución y la amenaza, como los personajes de las obras de Dashiell Hammet.

“El hombre que mató a Durruti” ganó el I Certamen Internacional de Novela Corta José Saramago, convocado por la Unión Regional de Comisiones Obreras de Cantabria. Un jurado que presidía Josefína Aldecoa otorgó el galardón por unanimidad. Ya que los grandes concursos se han decidido abiertamente a dilapidar su patrimonio literario, y a apostar abiertamente por obras de encargo que se distinguen por su dudosa valía, por su inapetencia existencial y por su inanidad estética, tendremos que ir acostumbrándonos a rastrear en aquellos certámenes que aún no han sido colonizados por la imperiosa necesidad de satisfacer las exigencias comerciales. De cuando en cuando, en esos muchas veces despreciados concursos provincianos, nos encontramos con un escritor que nos sorprende, que se divierte escribiendo y nos contagia su pasión. Con alguien que no se sienta obligado a ganarse apresuradamente los garbanzos con millonarios pastiches de a tanto la línea escrita. Con alguien como Pedro de Paz.

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Crítica literaria

Arturo PÉREZ-REVERTE: el folletinista culto (27 de agosto)

Es un lugar común descalificar la obra de Arturo Pérez-Reverte acudiendo al ya manido tópico de que este autor de singular talento desperdicia sus dotes rebajándose a perpetrar folletines. No es para asustarse. Escribir bien y vender mucho es un pecado que los supuestos vigilantes de la calidad literaria no pueden consentir. Seguramente Yerma deja mucho que desear como comedia, Rivaldo es un pésimo defensa central y el autobús un medio de transporte inadecuado para atravesar el océano. ¿Y qué? Es verdad que Pérez-Reverte no se ciñe al gusto de los entendidos, pero es fuerza reconocer que maneja con enorme soltura nuestra lengua, que es capaz de imaginar argumentos que mantienen la intriga de la mayor parte del público de principio a fin, que se documenta con una minuciosidad propia de un profesional exigente y capaz. También es cierto que sus personajes parecen cortados todos con media docena de patrones, que apenas consigue profundizar en sus caracteres, que complica tanto las tramas que rara vez colma nuestras expectativas, que sus libros son voluntariamente comerciales. Como novelista del realismo decimonónico sería una catástrofe, como escritor de novelas de entretenimiento no tiene precio: ha sabido unir la cultura con la amenidad y eso le hace encajar con un sector muy amplio de los lectores. Casi todas sus obras pueden encontrarse fácilmente en ediciones de bolsillo. Muchas han sido trasladadas al lenguaje del cine: no se confíe, no trate con subordinados, vaya directamente al libro. No se pierda el maestro de esgrima, que nos presenta la historia de un hombre digno que ve con preocupación cómo su mundo se acaba y termina envuelto sin quererlo en unos turbios asesinatos en el Madrid de la Revolución del 68. No se olvide tampoco de El Club Dumas, llevado a la pantalla recientemente con un misterioso título, un prestigioso director, un alto presupuesto y unos decepcionantes resultados. Si le gusta el ajedrez no pase por alto La tabla de Flandes; si es la navegación La carta esférica resulta imprescindible; si le atraen las luces y las sombras de nuestro siglo XVII encontrará un ameno retrato envuelto en intrigas en la saga de El capitán Alatriste (los dos primeros son, en mi opinión, más entretenidos que la tercera entrega). Sería un pecado por mi parte dejarme en el tintero los títulos de libros tan amenos como La sombra del águila, Territorio comanche, El húsar, Un asunto de honor o La piel del tambor. Léalos, se lo recomiendo: le ayudarán a superar la depresión postvacacional. No sé si le devolverán su dinero si no le gustan, sé que lo más probable es que disfrute y me agradezca el consejo.

Luis LANDERO: Dios se enamora del perdedor (3 de septiembre)

Cuando uno sueña con ser escritor siempre teme que está acabado si no ha publicado algo exitoso antes de los 30 años. 41 tenía Landero cuando conocimos su primera novela, Juegos de la edad tardía (como todas las otras, en Tusquets) en 1989. Caballeros de fortuna no llegó hasta 1994 y El mágico aprendiz agotó nuestra impaciencia hasta 1999. Ya cuento el tiempo que falta para que salga la próxima en 2004. Es lógico que un escritor tan honesto, tan cuidadoso, tan meticuloso como él tarde en considerar terminada una novela. El secreto de la grandeza de este mago de los sueños duerme en su trabajo con los seres pequeños, discretos e insignificantes que pululan por sus páginas. Escribe el autor en Caballeros de Fortuna: "Si pactamos con nuestra condición antes que con los sueños o los dioses, el camino hacia la paz puede llegar a ser el más corto y liviano de todos". Sus personajes son seres tan vulgares como tal vez lo sea usted y como sin duda lo soy yo, que ya han pactado con su condición para disfrutar de la seguridad y de los pequeños placeres de una vida rutinaria y en lenta descomposición, hasta que un día sucede el milagro: el destino los roza con sus alas y se les ofrece, por casualidad o por merecimiento, qué más da, la posibilidad de ver cumplidos sus anhelos más íntimos. Casi siempre se presenta el prodigio amparado en una verdad a medias que el protagonista se ve obligado a urdir, hasta engañar a quienes lo rodean, para sostener los afanes de los demás y los suyos propios. Así consigue Landero que el perdedor (yo, tal vez también usted) viaje a la parte más hermosa de nuestras esperanzas, reciba el justo tributo de la existencia y pueda ser el héroe con el que soñaba, por un tiempo. Luego, la realidad suele devolver las cosas a su origen, pero ya nadie puede robarnos lo vivido, ni lo que hemos aprendido en ese tiempo maravilloso de victoria. No es que Landero se identifique con el perdedor, eso ya está muy visto: bucea en su alma hasta presentárnoslo con los ojos amables y cariñosos del Dios que lo creó así, débil, incompleto, imperfecto, pero maravilloso; el Dios que lo acepta tal y como es, que siente su inanidad como el mayor de sus tesoros. Por eso en sus obras la audacia menuda y la solidaridad sincera suelen obrar verdaderos milagros. Y cuando el milagro se nos escapa entre los dedos, no importa, no queda el rencor, ni la tragedia, sino la vaga melancolía de haber tocado la perfección y de haberla visto escapar, para conservar en nuestro recuerdo apenas su perfume. La novela se inventó para que escritores como Luis Landero nos permitieran paladear el sabor de nuestros sueños.

Antonio MUÑOZ MOLINA: Plenilunio (10 de septiembre)

Un inspector desconfiado que ha sido destinado a la tranquila ciudad de Mágina después de haber pasado largos años de acoso en Bilbao; su mujer, internada en un psiquiátrico por los efectos devastadores del pánico constante al atentado y a la espera; una niña cruelmente asesinada por un maníaco sexual; una maestra atractiva, abandonada primero por su marido y luego por su hijo; un forense filósofo incapaz de comprender las raíces fisiológicas de la brutalidad; unos etarras que vigilan a su próximo objetivo; un jesuita octogenario convencido de que los ojos del criminal reflejarán la magnitud insoportable de su pecado; un asesino que trabaja más horas que el reloj y vive obsesionado por el olor de sus manos. Aparentemente, todos los ingredientes necesarios para que cualquier aficionado los transforme en una novela policiaca o en uno de los típicos guiones con los que Hollywood se complace en castigar nuestras flaquezas. El lector que se enfrente a Plenilunio ansioso por desvelar el misterio de la intriga se sentirá decepcionado. Quien ya conozca al autor, quien haya paladeado lentamente cada una de las páginas de El jinete polaco, volverá a disfrutar de la magia de una maestro de la lengua y de la prodigiosa capacidad expresiva de un atento observador de los grandiosos o raquíticos motivos que empujan a los hombres. Los tópicos del género se cumplen: el asesino vuelve al lugar del crimen, se enamoran los personajes a los que en buena ley corresponde la tarea, el desarrollo de la investigación ocupa una parte importante de la trama. Sin embargo, resulta evidente que la novela se ha escapado de los estereotipos cuando se nos presentan el asesino y sus móviles desde mucho antes de que comencemos con nuestras propias conjeturas: su profesión, sus frustraciones, sus ansias fracasadas de virilidad, su rotunda insignificancia, su agresiva cobardía y su fuerza primitiva. El autor no emplea estos materiales para moralizarnos, ni para construir un entretenimiento trivial con el que matar el tiempo: con ellos va desmenuzando el alma de los personajes; no los juzga, no los idealiza, no los modela a su imagen y semejanza; simplemente los disecciona con la crudeza de un forense y va mostrándonos con una extraordinaria lucidez, desconcertada, conmovida y asustada, los jirones del espíritu, los entresijos de las esperanzas y de las angustias, para reconstruir ese mecanismo ingenioso, pero de mediocres y mezquinos materiales que configura la profundidad del alma humana. Escribe como un genio anciano, como si Dios le hubiera concedido el privilegio opresivo de la sabiduría. Va desgranando sin prisa los sentimientos, extrayendo de ellos los tuétanos, hasta enfrentarnos de bruces con los más profundos interrogantes que nos plantea la existencia. Con sus frases de largos periodos y sus prolijas enumeraciones, Antonio Muñoz Molina, el mejor novelista con mucho que ha dado nuestro país desde la Guerra, nos presenta con tanta precisión lo que ya sabíamos, que el mundo nos parece nuevo y sorprendente, recién estrenado. Muchas gracias.

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Los prólogos

Miguel Ángel Carcelén Gandía, también escritor, y sin embargo amigo, tuvo la osadía de encargarme el prólogo para su libro "Turno de noche" (Madrid, A la luz del candil, 2002). Yo soy un mandado: si luego no vende, que no me echen la culpa a mí. No contento con ello, también permitió que escribiera el epílogo de "Mucho cuento" (Acumán, 2000), un extenso conjunto de relatos hiperbreves en el que publicaron por primera vez dos alumnos míos. Los beneficios de la venta de este libro se dedicaron íntegramente a la financiación de proyectos de ayuda al Tercer Mundo gestionados por Maná.

A continuación, para que conste donde convenga, transcribo el prólogo con el que castigué a Miguel Ángel.


Prólogo de "Turno de Noche"

“Puesto que leer un libro constituye un esfuerzo que choca con la natural tendencia del hombre a la comodidad de la apatía y de la indolencia, pensaron quienes nos precedieron que la obra del escritor novel debe venir acompañada de un prólogo compuesto por uno más experimentado y conocido que, desde las primeras páginas, se encarame a la conciencia del lector para persuadirlo de que vale la pena sustraerse a su atávica pereza y atreverse con el volumen que le presenta un desconocido.

A mí, la verdad, ser prologuista de Miguel Ángel Carcelén me da cierta vergüenza. Ésa del impostor que engola la voz cuando se sube a la tarima, para fingir sabiduría y prestancia intelectual. Ni he publicado más que él, ni le excedo en prestigio literario o en edad (nacimos en el mismo año, aunque él parece bastante mayor, fuerza es señalarlo). Además, cualquiera que haya disfrutado con ¿Oíste al mirlo silbar mi nombre?, con No me esperes corazón, o con ¡Ojalá que nos veamos en Macondo!, saltará con pericia de pertiguista estas páginas introductorias, ávido de sumergirse en el universo personal del autor, de modo que sería un detalle, Miguel Ángel, que introdujeras en tu novela algunas páginas que animaran a leer las letras de este pobre prologuista.

Como nuestros progenitores decidieron traernos al mundo en aquel año crucial en el que los empresarios barrigudos de nuestros días, hoy explotadores sin escrúpulos, hoy pobres sufridores cardiovasculares amenazados por las fluctuaciones del índice Nasdaq, exigían que la imaginación subiera al poder, aseguraban que ser realistas suponía pedir lo imposible y lanzaban mortíferos adoquines contra las opresoras fuerzas de orden público, se supone que pertenecemos a la famosa e inexistente Generación X, ésa que, por imperativo legal, para expiar sus pecados originales, ha de asumir la obligación de escribir acerca de jóvenes sin ningún tipo de principio moral, capaces de conducir en dirección contraria por la M-30, de enredarse en cualquier aventura de sexo o de drogas, o de tantear, muchas veces desde su posición acaudalada, los andamios de la marginalidad, jóvenes que hace mucho que renunciaron a buscarle sentido a la vida. Miguel Ángel se sitúa en el extremo opuesto de esta tendencia.

Hasta hace poco, los que nacimos en la década de los 60 teníamos que escribir como Douglas Coupland, como Ray Loriga, como Benjamín Prado, como Lucía Etxebarria o como José Ángel Mañas, debíamos lanzar al público los productos que se suponía que el público exigía de nosotros, si querríamos hacernos un hueco en el mercado editorial. Ahora las cosas han cambiado, malos tiempos para los dinosaurios octogenarios que publican cada año una castaña y exhiben con orgullo infantil el listado de los premios que obtuvieron en razón del mérito de las muchas amistades y el no menos importane de haber sabido sobrevivir. Los escritores que, por cronología podrían enredarse en el triste calificativo de la incógnita ya no tenemos que andar pidiendo perdón al universo por tratar los asuntos que nos dé la real gana, con el enfoque que mejor nos parezca: pregúntenle a Juan Manuel de Prada, a Antonio Orejudo, a Juan Bonilla, a Carlos Castán, a Antonio Álamo, a José Carlos Somoza, a Lorenzo Silva, a Fernando Marías (1958), a Miguel Ángel Carcelén Gandía, que se han ganado a pulso ese derecho.

Si yo les explico que la literatura de Miguel Ángel es esencialmente comprometida, lo primero que se preguntarán es qué pretende obtener este escritor vocacional de su filiación, política, filosófica o literaria. Los abusos que se han hecho del compromiso en la literatura lo han vinculado a la ideología. Uno pensará acaso que Miguel Ángel habrá firmado un contrato propagandístico con las derechas o con las izquierdas, pero él sólo está comprometido con los hombres, con ésos que sufren y padecen cada día injusticias que podrían remediarse. Miguel Ángel denuncia el abuso y la trampa allá donde la encuentra, sin pararse a pensar en el precio que tendrá que pagar por ello. Quien no me crea, no tiene más que dar un repaso a su accidentada biografía. No olvidemos tampoco que el dinero que ingresa con sus libros lo dedica íntegramente a una ONG, Acumán, que con esos fondos lleva a cabo proyectos de desarrollo en el Tercer Mundo.

Por otro lado, cuando se habla de compromiso, muchos lectores, entre los que me cuento, tendemos a espantarnos, porque pululan por las librerías una legión de obras plúmbeas despachadas por escritores convencidos de que si emplean su narrativa contra la contaminación, contra las violaciones de los derechos humanos o contra la tala indiscriminada de bosques, su digna opción les exime automáticamente de dominar los recursos técnicos imprescindibles y, por gracia de su buena voluntad, se les aplaudirá su chapuza, sea cual sea el resultado que obtengan. Sin desdoro de sus encomiables propósitos, demasiados de entre ellos son capaces de aburrir mortalmente al lector más abnegado.

Miguel Ángel, sin embargo, es un gran conversador, una de esas personas con las que uno disfruta charlando, porque se hacen las horas cortísimas y el tiempo vuela, uno de esos sujetos peligrosos a los que las compañías telefónicas terminarán contratando para engordar el recibo de los demás. Y ese ritmo fácil e inteligente se traduce en una prosa que fluye sin atascarse en pedanterías ni en excesos innecesarios.

Podría mencionar toda la retahíla de premios que ha obtenido Miguel Ángel, pero supongo que eso ya figurará en cuarta de cubierta y, además, yo prefiero presentarlo como un autor de calidad, capaz de enganchar al lector con historias humanas de sufrimiento y de superación, capaz de manejar recursos técnicos que no quedan al alcance de cualquier novelista, pero sin despistar ni asustar a la persona sencilla que se acerca a sus narraciones con la esperanza de distraerse y crecer por dentro. Por sus páginas desfilan prostitutas vírgenes, proxenetas generosos, presidiarios sorprendentes, mercenarios sin escrúpulos que un día se enamoraron, curas y ricos aliados para humillar al pueblo, hombres y mujeres que se las arreglan para ser felices en un país castigado por la violencia, la corrupción y la dictadura. Lo mejor de Miguel Ángel es que sabe ser profundo sin dejar de ser divertido. Y eso vale su peso en oro.

Cada mañana intento que mis alumnos comprendan que la literatura no sirve, en general, para ganar más dinero que un futbolista, ni para hacerse más popular que la chica de los seis polvos, ni para levantar puentes, ni para erradicar enfermedades. Sirve solamente para soñar, para conocer mejor los entresijos del ser humano, para persuadirnos de que podemos construir un mundo mejor. Abro Turno de noche y me convenzo, una vez más, de que hoy también llevo razón. Mañana, ya veremos”.


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